20 de mayo de 2011

Desleyenda

Los pescadores viejos cuentan del misterioso hombre que habita en la costanera. Ese que aparece los días de poco sol o cuando la luz se deshilacha en la penumbra. Cuentan que hace mucho mataron a toda su familia en el río, cuando pescando en un bote, quedaron en el medio de un tiroteo entre la policía y vaya a saber quien. Cuentan también que desde entonces camina perdido, acompañado sólo con su caña de pescar. Se sienta en el muelle y se queda quieto y callado, mirando el agua como si buscara algo. Si uno le habla, lo mira desde el fondo negro de las órbitas de sus ojos. Algunos dicen que tiene ojos de pescado. Y escamas amarillas sobre el cuerpo. Que no te mire, que no te mire, porque si te mira lo encontrarás en cualquier parte a donde vayas. Las cosas más extrañas te empezarán a pasar.
Y nunca más serás el mismo.

Cuando se apagaba el rito de la tarde llevé mi soledad a nuestro mar de entrañas marrones.  Entonces te vi, asustador de pescadores crédulos. Lobo de río que detuviste el tiempo. Y no pudiste evitar dar vuelta la marea. Las sombras dibujaban mi amnesia y tu perfil de porfiado recuerdo. Con la misma pena, me senté a tu lado. Miré el agua y tiré mis peces de amores tristes para que bailaran con los tuyos. Los pescadores gritaban y el viento traía sus sentencias. Nunca le hice caso a las sentencias ajenas. Y las mías venían conmigo. A vos te hicieron leyenda, inventada en fogones y pesca de pescados inmensos, y quizás de deseos de justicia. Leyenda que corre de bote en bote y de muelle en muelle en el oscuro Río de la Plata. No importaba tu mirada de muerte. Yo traía la mía y te miré fijamente. Había un espacio de cielos entre las ranuras de tus ojos.  Tus hijos y tu amor reflejados.  Te mostré los míos, en el fondo del río. Mis muertos eran distintos. No, no eran distintos mis muertos. En la muerte de todos había culpables. Entonces encontré tus manos de escamas amarillas,  perdidas en la orilla de ese grito desnudo. Río devolvenos los hijos, gritamos. Y de la boca salieron pájaros encantados. Quién nos puso silencio en el corazón, te pregunté.
Remamos por las lágrimas desde nuestras venas. El vértigo nos llevó a la deriva. Mordimos la tierra. Y luego, fumamos anillos de nubes escapadas del horizonte, copiado de mitos y leyendas. Nos prestamos los primeros auxilios que se dan a los ahogados, sin amor, con pausas acompasadas, sin urgencias.
El río tenía el agua descosida y caminamos descalzos por sus costuras. Pintamos de verde las aguas marrones. Y recordamos madres y abuelas, cuando el olor del oleaje nos empujó a descartar la revancha. El universo se encogió frente a nuestros  brazos cargados de mariposas dolidas. Nos abrazamos con los huesos entreabiertos. Vos te quedaste con mis poros. Y yo con tus escamas amarillas. Entre escombros y ruinas volvimos al mundo. A sonreír entre las grietas mordidas de la memoria. A cuerpear a los culpables. A honrar los recuerdos.

Los viejos pescadores cuentan del misterioso hombre que habitaba en la costanera.
Ese que aparecía los días de poco sol o cuando la luz se deshilachaba en la penumbra.
A veces les cuento que le hablé y lo miré. Me sonrieron sus ojos de pescado y me acariciaron sus escamas amarillas. Después que me miró fue conmigo a todas partes. Las cosas más extrañas me empezaron a pasar.
Y nunca más fui la misma.

15 de mayo de 2011

Mi guacamaya


Guacamaya

Salí a la calle con mi guacamaya sobre el hombro. Trataba de hacerle confortable la vida en esta ciudad tan lejos de su casa. La había recuperado de un cazador furtivo y se recuperaba de una pata malherida. Ella, para divertirme hacía piruetas en el aire y asustaba a las palomas en la calle.  Nacida en Ecuador traía las costumbres de los cañaris de otros tiempos. Pero por mi barrio no se conseguía ayahuasca ni chicha de yuca, así que la conformaba con un vasito de cinzano  mezclado con ron menta y azúcar. Aunque en algunos días de malaria le mezclaba vino tinto con canela y una pizca de alcohol en gel. Así descubrí que se volvía habladora. Dormitaba un  poco, repetía hasta el cansancio lo que yo le decía y luego lloraba por varios días. Yo suponía que extrañaba las montañas y a su gente. Poco a poco empezó a incorporar palabras en lunfardo. Y siempre cuando hablaba de su tierra se le piantaba un lagrimón.

Mi guacamaya desplegaba sus alas coloridas y volaba en vuelos rasantes por la casa. Tenía el pecho amarillo, que según algunos decían combinaba muy bien con sus alas azules. Un tío hincha de Boca la llevaba a la cancha y la hacía volar de frente. Cuando la contrataron de San Lorenzo, tuvo que aprender a volar de espalda, así desde la tribuna se veían sus colores rojos y azules. Otro tío hincha del Tula le enseño la marchita. Desde entonces canta mientra vuela. Le estoy sacando esa mala costumbre, porque a veces se posesiona tanto que pretende hacer la v con las uñas y se viene a pique. La empecé a querer el día que por un mal amor me quise suicidar. Me miró fijamente con un ojo a cada lado de su guacamaya cabeza, me pidió que volara todos mis pensamientos siniestros y que cantara el himno de San Lorenzo (nunca pudo olvidarse del gasómetro). Le hice caso y nunca más tuve pensamientos.

Mi guacamaya se hizo muy famosa. Los chicos para verla hacían cola en la puerta de mi casa. Y hasta de la AFIP la contrataron. Así que con el logo y el mensaje de “te estamos observando” sobre su pecho, recorría la ciudad en busca de posibles evasores. Se había tomado demasiado en serio su trabajo y cuando la policía detenía a los infractores, les quería leer sus derechos. La policía, que no sabe de derechos se opuso, pero los de la AFIP la dejaron. Querían hacerse propaganda de flexibles. Entonces mi guacamaya con su mejor pico, les informaba que ahora la AFIP les permitía cancelar su deuda en cuotas y además la primera se pagaba a partir del mes siguiente. Qué feliz se sentía. Y yo también. Mi guacamaya se estaba adaptando a nuestra forma de vivir.

Un día la encontré llorando frente al televisor. Con una pata se tapaba la cara y con la otra me señalaba la imagen de la boda del príncipe y la plebeya. No quería pensar que se había convertido en una Cholula. Ahora que ya hablaba bien le pedí que me contara, mientras le acariciaba las plumas de la cola. Y ahí entendí sus llamados estridentes cuando volaba entre los pájaros del parque. Estoy muy sola, necesito un guacamayo, suplicó. Le dije que tendría que viajar hasta Misiones o robar uno en el zoológico, salvo que se conformara con un loro. Esos que habitaban en el árbol de la esquina. El jefe de la bandada era un pícaro, robusto, casi tan grande como ella y siempre le chiflaba piropos bonitos cuando paseaba por la plaza., pero ella odiaba a los simples loros verdes y aún más a las insignificantes cotorritas.  Decía que jamás se rebajaría con un monocolor. Ella había sido una reina en los Andes y ahora era famosa en el Río de la Plata.

Los días pasaban y yo pensaba que en cualquier momento, partiría  a buscar a alguien de su especie. La quería mucho, pero ya me pesaba su soberbia. Entonces en tono imperativo le dije  que era mejor un loro común en mano que cien loros especiales volando lejos. No quería que se fuera a buscar un guacamayo a tierras desconocidas. N o quería verla caminar sin rumbo hacia la muerte. Así que en la primera salida hacia la plaza, la dejé en el árbol de los loros.
Está tan contenta mi guacamaya con su loro de un solo color. Una bandada de cotorras le hace la limpieza y le cuida a los hijos. Ya tiene como treinta y cinco. Muchos son de variados colores. Todos hablan y cantan como la madre. Es el árbol de la plaza que tiene más pájaros en la cabeza.

Mi vieja guacamaya a veces me viene a visitar. Y se toma tranquila una copita de cinzano con ron, menta y azúcar.

11 de mayo de 2011

Si me permitiera cancelar mi deuda

 
Agua azul Chiapas - México
si me permitiera cancelar mi deuda
volarían los pensamientos siniestros
y en los tajos viejos de mi piel
una danza alucinada de ayahuasca
traería el desenfado de todos los rituales
me dejaría alimentar por las dos guacamayas
y con las dos me casaría
como cuentan los cañaris de otros tiempos

que los pájaros me tumben la cabeza
y la miel de caña se confunda con mis venas

si me permitiera cancelar mi deuda
cerraría las puertas y los brazos
con una aguja en cada poro
olvidaría mi nombre y no andaría a contramano
la melancolía no me sorprendería en otros mundos
cuando vuelva a mi ciudad en cada sombra
el agua de los arrabales me secará los ojos
y nunca más se me piantará un lagrimón

pónganme un alma
borren mis memorias y mis vísperas

si me permitiera cancelar mi deuda
me invitaría a la boda del príncipe y la plebeya
habitaría las burbujas de castillos de trapo
donde nadan tranquilos los peces de colores
alejados de ríos manchados de hambre 
con las amnesias de todas  las sangres
me arrancaré las grietas de la espalda
y me descoseré de un tirón las ideas

tápenme con mucho maquillaje
para no verme caminar sin rumbo hacia la muerte

cuando me permita cancelar la deuda que tengo conmigo
se calmará el saltimbanqui que me anda por dentro
se irán los pasos que narraron mi destino
así podré asomarme al mundo de la nada
con tiempo extra para todos los hartazgos
sin más atrevimiento
que este indiferente
obsesivo
final de juego

y después                        no me crean
que es más difícil vivir como cádaver

7 de mayo de 2011

Buenas Noticias

Los colores del río le inundaron la cabeza y los peces se le ahogaron en los ojos. Lloró como nunca. Por fin había llegado el momento. Tiró las perlas y escondió la venganza en la tetera. Tomó entre sus manos una mandarina de loza violeta. Se cubrió el pelo con un manto de terciopelo amarillo. Entró  a verlo con la autoestima bien en alto. Esta vez no se arrodillaría a sus pies. Ni transpiraría sangre de color índigo. La vergüenza giraba como un remolino alrededor de su cabeza. Se desatornilló las humillaciones y las dejó sobre la mesa. Le selló los labios con almíbar hirviendo. Le quemó la lengua y le arrancó la piel. A él lo encontraron con llagas en los ojos. Y astillas de una mandarina de loza violeta, clavada en la entrepierna. Ella había encontrado su sonrisa perdida. Nunca más le desgarrarían las entrañas.

Afuera hacía hambre de amatistas azules. Y en los trompos de luz, los árboles atrapaban moscas ultravioletas.