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31 de octubre de 2010

Distrito Federal


    Fuente de la Diana cazadora México DF

Es de madrugada cuando llega el avión. El taxi recorre calles vacías. Hace calor en esta primavera que empieza. La ventanilla abierta hace de aire acondicionado y la brisa arrastra olores y recuerdos. Mi segundo país hospitalario país querido país qué habrás cambiado cómo habrás cambiado. El hotel es cómodo. Nos bañamos desayunamos y salimos. Muy temprano dice mi compañero. Veré de nuevo la ciudad con ojos de viajera de ex residente de que. A una cuadra empieza el Paseo de la Reforma. Avenida bulevar calle, autos, cientos de autos, taxis verde y blancos chiquitos escarabajos con una sola puerta, amarillos y blancos más grandes, naranjas, camiones, metrobús, trolebús, autos, autos. Bocinas que acompañan el humor de cada automovilista. Semáforos que no dan abasto. Policías de tránsito que los ayudan y cuando el semáforo cambia pitan y pitan haciendo gestos histéricos con el brazo derecho. Que pasen que no se detengan no paren sigan sigan rápido que no llegamos que somos muchos y debemos trabajar estudiar vivir ¿vivir?
Mi compañero se agota. Me pregunta con la mirada si era así. Temblando, nos agarramos de la mano para cruzar del otro lado de la calle. Ahí, del otro lado del mundo, donde están los árboles, las plantas, las glorietas. El sol hace un rato penetró el smog y sonroja los cachetes. En la vereda ancha, nos sentamos en  bancos grandes de cemento. Las hojas nos rozan la cara, los pájaros acarician los oídos. Seguimos cerca lejos de los coches que corren su carrera sin final. Ya no los vemos, no los oímos. Desde este lado de la calle la gente camina tranquila. Se sientan, charlan, se ríen ajenas cercanas, acostumbradas al barullo. Cada tres o cuatro cuadras, esculturas adornan la vereda. Son nuevas, no las encuentro en la memoria. Al llegar a una esquina el olor nos desvía  a una transversal. Puestos de comida en la calle, uno al lado del otro, como antes como siempre. Toda la gente en los puestos, toda la gente en la calle. Comen con o sin traje una tortilla o una quesadilla. Luego a trabajar. Y los que no comemos en la calle por limpios por tontos por distintos, nos unimos a la alegría de la comida. De  parados nomás, tacos que chorrean que nos manchan que nos unen. Que no salgan picantes que son argentinos. Igual los labios se nos dan vuelta y reímos con ellos. Volvemos al Paseo de la Reforma. Adelante  hay un quiosco de flores con calas, que en Buenos Aires ignoramos, pero acá son los alcatraces de Rivera. Debajo de una glorieta ensayan unos mariachis. Son lindos sus trajes típicos, tan ajustados tan brillosos tan viriles. Quizá algún día alguna mariachi… le digo al del guitarrón mientras me muestra con orgullo a la única del grupo, linda morocha con trenzas. Que bien pienso, algún cambio, pero los machos siguen matando mujeres en ciudad Juárez. Los dejamos ensayando. La noche los espera en la plaza Garibaldi, donde los turistas les darán algunos pesos por viejas canciones de amor. Las mismas canciones que seguramente le cantaban a la modelo, que inspiró al escultor de la Diana Cazadora. Imponente esbelta desnuda en medio de la avenida. Dicen que era la esposa de un magnate que nunca se enteró que su mujer era la Diana. Por ella discutían los pacatos de la época que obligaron al escultor a taparle la desnudez con una bombacha de bronce. Pensando en tiempos más liberales, enganchó la censura sólo con tres tornillos fáciles de sacar. Historia mentira verdad mito que importa es bella.
El dios de la vida y de la muerte camina ahora delante nuestro. El perro pelón, el único perro originario de México, con pelusitas en la cabeza y con la mirada azteca de miles de años, se deja acariciar. Hay muchos xoloitztcuintles en los murales, compartiendo la historia del país desde antes de la conquista. Pocos en la actualidad, pocos perros en general en la ciudad paseando a sus dueños. Lástima, no pueden disfrutar los grandes árboles de la avenida. Los árboles que tapan los frentes de los palacetes de los ricos de fines de siglo XIX  y los de ahora. Los árboles que no pueden tapar los edificios modernos y el imperio emerge entre el follaje, con las torres modernas frías de vidrio, de las compañías extranjeras. Todo junto todo mezclado todo tan ecléctico. Menos la glorieta del ángel de la independencia. El mira desde muy alto tan ángel tan ajeno a la independencia. Distante de las manifestaciones del fútbol, de la política, de las fotos de las quinceañeras y de las esposas recién estrenadas, de todo lo que sucede abajo suyo. Tan lejos como el final del Paseo de la Reforma que termina en el bosque de Chapultepec. Ahí está el castillo el zoológico el lago y el museo antropológico. Hasta ahí queríamos llegar. Pero las piernas nos boicotean.
La tarde  va seduciendo al día y se lo lleva. No nos cabe más historia más emociones y todavía queda el camino de regreso al hotel. Mañana seguiremos amando esta ciudad, mientras hoy  a la noche miraremos al cielo para extrañar la cruz del sur.

Siracusa



Ahí, donde la parte alta del talón se entromete con las aguas azul verdosas del Mediterráneo.
De un lado, los graznidos de las gaviotas se mezclan con el ruido de las olas. Del otro, las colinas y los valles. Allí están los viñedos que se convertirán con el tiempo en los mejores compañeros de la buena mesa.
Regocijan sus casas. Algunas de estilo barroco, otras simples de campo. Casi todas blancas serpentean entre callecitas que acompañan a la montaña. Entre ellas, a cada paso hay restos de algún edificio que sobrevivió más de mil años a sus constructores. Sin nostalgia evocan la distancia en el tiempo. Los habitantes hablan, ríen y lloran con el cuerpo, mientras se saludan a cada paso.
Según la ubicación, el mar se siente de frente, furtivamente de costado o se presiente de espaldas. Siempre se saborea en cada gota que trae el viento.
En el sector más antiguo de la ciudad, un destruido teatro romano y más allá, la mejor y mayor escultura, modelada sobre la piedra, aprovechando la pendiente de la colina. El Gran Teatro Griego, de casi dos mil ochocientos años. Un gran nido, de forma semi-circular, con 67 filas de asientos.
Esta maravilla geométrica enamoró a Arquímedes, casualmente nacido en el lugar. Ese que defendió a la ciudad con sus máquinas-inventos de los ataques de los romanos.
Ya no está la terraza en la zona dedicada a los espectadores, que los protegía en los días de lluvia.
Hoy está a cielo abierto.
Ese cielo que escuchó las leyendas épicas, las obras de Sófocles, Esquilo, Píndaro, que se leían y actuaban en latín.
Ese que consoló a un Ulises que no era irlandés, cuando retenido en la zona, se lamentaba con la maga Circe, que no era la hija de un argentino.
Ese que vio a Lampedusa cuando elucubraba cambiar algo, para que nada cambiara.
Ese que le sopló a Pirandello las tragedias y esperanzas de los que, escapando de las hambrunas de la primera y segunda guerra mundial, se iban para América.
Ese, que rugió tantas veces cuando el Etna se enojaba, allá en la cercana y bella Taormina.
En la costa oriental de la isla más grande.
En la ciudad griega más bella.
Donde estar en un lugar es estar en varios a la vez.
Ahí en Siracusa Sicilia Italia.
La de mis tus antepasados biológicos culturales: corintios, griegos, bizantinos, romanos, normandos, árabes, españoles, franceses, germanos. 
Ahí, donde la parte alta del talón, se encariña con las aguas azul-verdosas del Mediterráneo.