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20 de noviembre de 2010

Marumba

Dibujo: Jugadores de Giuseppe Montanari
Como la crisálida con su nombre, camina a ciegas por las calles de Libreville. La ciudad, ahora libre de franceses blancos pero esclava de dictadores negros, le sofoca la vida. Sus pasos empiezan a apurarlo. Marumba corre, las gotas de transpiración bajan por sus sienes. Lo zarandean los vientos tempestuosos de la decisión profunda. Se agita y para. Respira el olor del Atlántico. Y mira. La última mirada ya sueña el regreso. Y ve. A la madre lavando en el río, muriendo en el lavado. Viviendo con su alegría, muriendo con su partida. Ella duda de un país de blancos. El volará de Gabón a la Argentina. Las fotos de Buenos Aires le deslumbraron el corazón y los años le pasaron para seguir jugando en el Wongosport. Su madre podrá dejar de lavar y el la vendrá a buscar.
Marumba se recuerda jugando descalzo en un claro de la selva. Su madre lo acompañaba. Era difícil jugar con ella, pero divertido. Armaba el arco casi pegado a su grueso cuerpo. Sólo diez centímetros quedaban de cada lado. Marumba, flaco movedizo, se le escurría por los costados y le hacía cientos de goles y miles de cosquillas. Ahí comenzó su amor por el fútbol.
Antes de irse, Marumba  le cuenta que el Atlántico llega a la Argentina. Su madre le dice que cada gota de agua que lo bese en ese lejano país, será una que ella soplará aquí.
Marumba encuentra otros mares en Argentina. Y ríos.  Hay uno cerca de la cancha de su nuevo equipo. Aprende enseguida a pronunciar Riachuelo. Entre concentraciones y partidos, sus ojos se llenan de casas de chapas, de botes rotos cruzando el río de agua negra, de mujeres niñas con niños en sus brazos. Mientras en sus cartas  le disfraza la realidad a su madre, en el centro de la ciudad le piden sacarse fotos con él, como si fuera una mascota exótica. Comprende la identidad universal y sin colores de la pobreza y de la discriminación.
Marumba se adapta rápido al estilo del fútbol argentino y hace goles en su nuevo club. Los hinchas lo aman. Él no entiende del todo sus cantitos, pero le contagian la alegría. Se ha convertido en la figura principal. Ha impuesto en cada partido una suerte de hacka. Pero no al inicio, sino en el comienzo del segundo tiempo. La música tribal vuelve a su cuerpo, lo posee, y son sus cinco minutos de encontrarse con Gabón. Sus compañeros lo rodean y aplauden en silencio. Luego Marumba juega con los recuerdos y los goles son cosquillas que manda por correo a su madre.
Este domingo es especial. Han hecho una buena campaña y si ganan serán campeones. Como siempre, Marumba habla poco y mira mucho. Hoy también es especial para él, por eso mira el suelo.
La hinchada se está poniendo nerviosa. Empatan cero a cero. Ninguna pelota llega a Marumba. Ninguna es peleada por él. Cuando faltan dos minutos para terminar, Damiani le pone una pelota en los pies. Se escucha el silencio en la tribuna, el murmullo de los trapos rozándose. Luego, la explosión del grito contenido  y el aliento, vuelven con fervor.
Ubicado en el área chica, levanta los ojos. El parante superior del arco le sonríe con la sonrisa grande de su madre. Los brazos de los costados se desprenden de la tierra.  Se estiran  hacia él y casi le acarician la cara.
Y Marumba vuelve a ser la Marumba, mariposa grande que vuela hacia Gabón, hacia los abrazos cálidos. Gambetea al viento y corre hacia el arco con su cuerpo en flecos, con sus pedazos  de aquí y de allá, con sus negros y sus blancos. Lo para la red y ahí se queda.
Su compañero lo arrastra fuera del arco. Ha aprendido algo de francés y le habla. Marumba, con toda el agua del Atlántico Riachuelo en la cara, le cuenta  que ya jamás podrá traer a su madre. Ha muerto en el río.
Los gritos de aliento de la hinchada, hace rato que se convirtieron en aullidos de  bronca.
La pelota impasible, ajena, quedó atrás, en el mismo lugar donde la puso Damiani, a dos metros del arco.

6 de noviembre de 2010

Pelusa

Los gritos de la tribuna le arañaron la cara. Instintivamente se tiró hacia atrás. Giró la cabeza y buscó a algún compañero. Lo encontró en un guiño cómplice, entonces respiró profundamente y siguió caminando. Los gritos se convirtieron en susurros.
Tenía el pelo trenzado, pero igual sacudió la cabeza para acomodarlo. Pelusa se supo diferente.
Pensó que el clima estaba raro, sintió calor en las sienes y frío en las manos. Le subían y bajaban burbujas, desde la garganta hasta la boca del estomago.
Miró la inmensidad de la cancha, y se perdió en los recuerdos. La voz de su padre le recorrió el cuerpo y se le metió por los ojos. Lo vio enseñándole a jugar, mientras le leía la lección del colegio. Su padre peronista, convertido al socialismo, le repetía: alpargatas sí, libros también; fútbol sí, libros también.
Recordó que en esa época empezó a leer a Soriano. No habrá más penas con el fútbol, ni olvido con los libros.
Muchos años después, comprendió que lo amaba por compartir el equipo de sus desvelos. Qué ironía, dos ateos eligiendo un cuadro santo.
El sonido del silbato, le devolvió el presente.
Levantó los ojos y miró con regocijo los trapos que cobijaban a la hinchada. Esos colores compañeros, que bailaban pegados a los cuerpos. Esos que iban a todas partes y nunca se quejaban.
Otra vez debía dar examen.
Otra vez los insultos prejuzgaron.
Otra vez el capitán sonrió.
Otra vez todos los hombres dudaron.
Pelusa se mostró de nuevo. Se ajustó los cordones de los botines.
Se levantó las medias con descuido y se acomodó el pantalón con cuidado.
Pelusa, la única mina que jugó en un equipo de fútbol masculino, se supo realmente diferente.
Pelusa, que había empezado a jugar a los diez  años, con los chicos del barrio.
Pelusa, que había empezado a jugar de número nueve, porque le gustaba el morocho de rasgos aindiados que jugaba de diez.
Pelusa, clavó los tapones en el césped, se plantó delante del compañero y con un grito le ordenó: "¡pasámela!".