29 de abril de 2013

Primer Cononcurso Internacional Ecológico Literario

13 de abril de 2013

CON SUMO PLACER LE COMUNICAMOS QUE SU OBRA HA RECIBIDO "MENCIÓN DE HONOR DEL JURADO", MERITORIO GALARDÓN MERCED AL GRAN NÚMERO DE TRABAJOS RECIBIDOS DE TODO EL MUNDO.

FELICITACIONES Y LE ADJUNTAMOS EL CERTIFICADO CORRESPONDIENTE JUNTO AL INFORME FINAL DEL JURADO.

QUEDAMOS A SU DISPOSICIÓN


Esteban Domingo Fauret  -  Amalia Isabel Daibes
Programa "Y volverán a ser árboles"
DECLARADO DE INTERÉS CULTURAL SECRETARIA DE CULTURA PRESIDENCIA DE LA NACIÓN
DECLARADO DE INTERÉS CULTURAL Y PROVINCIAL INSTITUTO CULTURAL DE LA PCIA. DE BS. AS
DECLARADO DE INTERÉS MUNICIPAL MUNICIPALIDAD DE PEHUAJO
DECLARADO DE INTERÉS CULTURAL HONORABLE CONCEJO DELIBERANTE DE PEHUAJO
APOYADO POR POETAS DEL MUNDO






Selección para Antología Concurso Radio de la Universidad del Comahue

Selección para Antología Concurso de la radio Universidad del Comahue: "Prendí la radio y se encendió el aire"
Neuquén 9 de abril de 2013



GACETILLA DE PRENSA

“PRENDÍ LA RADIO Y SE ENCENDIÓ EL AIRE”: SE EDITARÁ UN LIBRO
CON 123 RELATOS SELECCIONADOS


La convocatoria para relato breve realizada en ocasión de celebrarse el 25º aniversario de la radio Universidad-CALF, tuvo una amplia repercusión, tanto entre oyentes del país como del exterior. Al cierre establecido, el 28 de febrero, hubo más de 250 participantes. Luego del trabajo del jurado, comenzó el proceso de publicación del volumen con los textos elegidos.


Luego del trabajo del jurado compuesto por Lilí Muñoz, Humberto Bas, Rafael Urretabizkaya y Gerardo Burton, se inició el proceso de edición de un libro que recopila los 123 textos seleccionados en la convocatoria “Prendí la radio y se encendió el aire”, realizada en ocasión de conmemorarse 25 años de creación de la FM CALF-Universidad Nacional del Comahue.

Desde noviembre de 2012 hasta el cierre de la convocatoria, el 28 de febrero pasado, se recibieron y analizaron más de 250 relatos breves enviados por oyentes del país y del exterior, con textos que respondieron a las consignas con gran calidad literaria y que demuestran la vigencia de la radio como medio de comunicación social fundamental en la vida de las pequeñas y grandes comunidades rurales y urbanas.

Tras ocho jornadas de deliberaciones, los integrantes del jurado seleccionaron los textos que constituyen el conjunto que integrará el volumen que editará Planeta Color. Un ejemplar será entregado a cada autor y autora que finalmente haya resultado incluido, en un acto de presentación que se anunciará oportunamente. En caso de no asistir, el autor o autora seleccionado recibirá su volumen por correo postal, para lo cual se solicita que envíen la dirección donde desean que se le remita.

Se recibieron relatos oyentes de la zona Comahue –especialmente de las ciudades de Neuquén, Centenario, Cipolletti y General Roca- y de la mayoría de las provincias argentinas, en especial del Litoral; de otros países americanos –El Salvador, Venezuela, Nicaragua, México, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Puerto Rico, Guatemala, Chile, Perú, Uruguay, Ecuador-, de varias regiones de España, de Canadá y de Australia.

Esto indica que existe un perfil de oyente que no se conecta con la radio solamente a partir del receptor sino que hay una amplia mayoría que lo hace a través de internet.

Además, hay un denominador común, específicamente en los participantes de la Argentina: muchos se refieren a programas de la época de auge de la radiofonía como los radioteatros de los ciclos Palmolive del aire, los musicales del Glostora Tango Club, los infantiles del estilo de Tarzán, los matutinos de Ginés y Héctor Larrea o los deportivos conducidos por Fioravanti –Joaquín Carballo Serantes- o José María Muñoz.

También aparecieron menciones a los grandes cómicos o humoristas como Niní Marshall o los programas con orquestas típicas de tango en vivo. En el caso de los extranjeros, hay alusiones a la vida durante el franquismo en España, a los detenidos por la guerrilla colombiana o a los crímenes cometidos contra las mujeres.

En síntesis, hay una posibilidad de lectura que permitirá asomarnos a un universo amplio y diferente que rompe con las convenciones esperables de cualquier emisión radial.
           
A continuación se reproduce la lista de textos seleccionados:


Agostino, Mirta - Encender el aire
Agostino, Nuncio - Prendí la radio y se encendió el aire
Aguerre, Georgina - Balsas 
Álvarez, Omar - El dial oriental
Alizeri, Estela Noemí  - La morocha
Arienti Dalcomo, Alejo - ¡Boom!
Ariza, Jorge -  Simplemente la radio
Arriarán Sans, Verónica - Ella, la única fiel y perpetua
Arrieta, Soledad - Tanteos de una improvisación
Avignone, Gisselle  - Mañana de otoño
Barale, Alicia María - El hijo gringo de Santos Vega
Barales, Osvaldo - ¡Pelota en el aire! 
Barreto, Mauricio - El club de los campeoncitos
Barrionuevo Rodríguez, Juanita - En otro capítulo me volverás a encontrar
Beascochea, Horacio - La voz en el aire 
Benítez Ortiz, Michael - Cruzando el umbral
Benetton, Lidia- Recuerdo cuando…
Beovide, María Cristina – Pegados a la radio
Bertuzzi, Mauricio Carlos - El viaje que encendimos la radio
Berrutti, Jonatan -  Radio retorno
Biolatto, Zulema - Sintonizando recuerdos y añoranzas.
Boggian, Dora Bernarda - Radioadicta
Bojanich, Rosalía - Con los ojos de la luna 
Capitano, Virginia - Traslaciones
Caruso, Franco - Los héroes del baldío
Carrasco, Samuel B. - Entre autómatas
Carranza, Vicky - Locutor de radio
Castillo Gaztelu, Hernando - El refugio… solo ella
Colfer, Luciano - Última vez
Corcobado Moreno, Sam - A las tres de la mañana 
Cumio, Víctor Alberto - Al escucharte, comprendo
de Culla, Daniel -  Prendí la radio
Charles, Ileana - Capullos y mariposas.
Devita, Sergio - Esbozo de un minuto radial
Domínguez Seda, Myriam - Canción de un vestido rojo girasol
Fernández, Ariel Luciano - Herencia de radio
Fernández, Guillermo - De noche en la ruta
Fernández  Álvarez, José María – Una inolvidable retransmisión
Ferrari, María Alejandra -  Morir en el baño 
Figueroa, Mario – Sombras en Trelew –
Figueras, Sonia -  Era domingo de 1947 y jugábamos.
Gálvez García, Araminta -  Mi programa favorito  -
Gallardo Arias, Mariló – Esa melodía con olor a recuerdos
Gamiño, Carmen - Y de los bosques y rocas…
Gaudo, Concha - Noche mágica -
González Gómez, Yolanda Yanira - Prendí la radio y se encendió el aire..
Grillo, María Victoria – Escuché que….
Groba, Graciela -  A flor de piel
Grosso, Tamara - Música de fondo
Guadián, Raúl - El gol que no cantó la radio
Guerrero Ramos, Miguel Angel, Las secretas intuiciones de los oídos internos.
De la Iglesia,  Julia - Días de amor y radio
Hualque, Elva Guillermina – Del otro lado del mundo 
Iglesias, Jana – Prendí la radio y se encendió el aire 
Lértora, Nicolás – AemeeFeeme
Lincon, Víctor Hugo – Hospicio
López, Sebastián  - Mi mamá no me mima
López Unanua, Nuntxi - Dial de un viaje
Lucastegui, Alejandro - Intriga 
Maini, Agustina Laura – La caja sonora -
Maggi, Elena Beatriz – La radio en mi mundo
Marea, Irenita – Una de aquellas
Márquez Núñez, Elena - Pas comme d’habitude
Marticorena, Omar - Camión de limpieza
Martínez Azpilacueta -  José Luis, Diales de esperanza
Mazzaferri, Romina – Recuerdos de AM y FM
Medina, Carina Rita - Un gesto
Melo, Leonardo León -  De por qué espero la medianoche de los sábados 
Meo Laos, Verónica – Hay animales sueltos en el km 202
Meso Ramírez, Julia – Prendí la radio y se encendió el aire
Montes Le Fort, Liliana - Recuerdos de Argel
Mora, Stefanía -  Si cierro los ojos…
Napal Rojo, Juan -  Juntada en lo de Julio
Negrete Portillo,  Rafael - Dioptrías 
Negretti, Mirtha -   La radio
Nieto, Federico -  El ángel gris.
Niño, Pedro - Discusión  onírica
Ondart, Guillermo – Doblemente atormentado
Osés, Nara – Idus
Otero, Mariana Eva - Noche mágica
Occhipinti, Cristina - La caja mágica allá por los 60’
Páez, Fredesvinda -  Prendí la radio y se encendió el aire
Pailhé, Silvia -  Los días que tuve que callar al peruano parlanchín
Paponi, Alcides David -  Lo pasaron en la radio
Parcero, Fabio Alejandro - Prendí la radio y se encendió
Pastoriza Iyodo, Benito - Los perros
Pechacek, Lucila – Apagar la radio
Pedro, Graciela - Homenaje
Pennini, Gerardo Leonardo - Amables oyentes
Pérez Dazkal, Ma. Sol - La cajita sonora.
Pérez Jordán, Jorge - El viejo fiel aparato.
Perroni, Marcelo - La ciudad dormida
Piatti, Raúl - Tres años de primavera
Pizzola, Fabiana -  ¿Te acordás de Puerto Pollensa?
Pose, Loren - La voz en la oscuridad 
Quadri, Néstor – Anécdota de radio
Repetti, Silvia -   Azucenas
Ríos, Sergio - Una espina en el dial  
Risso Patrón, Daniel - Yo amo esa radio
Robles Miras, Salvador - Las ondas de la memoria
Rodríguez Rey, Victoria - Un dial, dos amores  
Rojas Yedra, Rubén -  Una voz radioafónica.   
Roldán, Francisco Marcos - La radio y mi abuela
Rosón, Beatriz – Anda y no anda
Rottaris, Fulvio - Galena mágica
Rodríguez Barranco, Francisco Javier -
Salevsky, Gonzalo - Viejo querido 
Sassela, María Florencia -  El señor Cordero
Sisto, Graciela – Sintonías
Soliani, Estela – La intersección
Soria, Jorge “trueno” - Interencendida, siempre
Soto, Laura Alejandra - En simultáneo
Soto, Fernando Ángel - Viaje hertziano 
Stagnaro, Mirta – Las otras voces
Schonfeld, Jorge - Frecuencias en conflicto.
Unhold, Ana - Sintonizando la misma frecuencia
Varela, Malen Suyai - Cuando el alma escucha 
Vázquez, Nilda - Prendí la radio y se encendió el aire
Vázquez, Silvia G. - Prendí la radio para apagar la angustia
Vega, Carlos Ariel - Clavos de piñata
Velázquez, Lidia - Invisible 2
Villafañe, Héctor Julio – Prendí la radio y se encendió el aire
Zerón, Lina -  Prendí la radio y se encendió el aire


Neuquén, 9 de abril 2013


17 de enero de 2013

Quien abrirá la puerta


A medianoche alguien abrirá la puerta. No servirán cerrojos, talismanes ni extraños conjuros.
Voces errantes conspiran a mi espalda.
Una trombosis del habla sobrevuela el mundo. Las palabras son sólo palabras y no distingo el tono de quien las dice. Sin magia no producen cefaleas, ni asombro, ni espamos. 
El musgo, que fue tibio alguna vez, crece por el frío y se multiplica por la escoliosis de mis costillas. No hay lava cabalgando por las venas. No hay apuestas al después. Ni metadona que pueda aletargar este vacío que inunda mi cuerpo.  
El dolor más corrosivo ya comió mi pelvis. Los divertículos mordieron los límites y rasgaron la carne. Se fueron los escorpiones de la almohada. La herida humea cada vez menos. Y ya ni me afecta el clima áspero, de esta ciudad de huesos fracturados y agujas en los ojos.
Parpadeo insignificantes taquicardias que se pierden en la bruma del pecho. Se deshacen los ecos del trueno.  Y apenas persisten suspiros cuando soplo el aire, como un enfisema interminable. Como un jadeo de viento marchito.
Ya no es fascinante el viaje si los pájaros que miro no son los que nos vieron. Ya nada deslumbra. Si pudiera cerrar los ojos y no ver. Pero la maldita memoria no enceguece todavía. Recorre arterias petrificadas mezclando las placas del tiempo, mientras se bebe las últimas sombras de sangre.
Duermen las garras de la fiera. No vengas a buscarme. Yo abriré la puerta. Con calma, y los pies descalzos. Con esta metástasis de abrazos en la mirada. Sin sobras ni faltante. Sin amnesia ni alcaloides.  
Voces errantes hacen silencio cuando me acerco.

13 de enero de 2013

Con las piernas rotas

Abruma el día detenido. Desnuda, escondo la vergüenza en los rincones. Y una lágrima de morfina me duerme los sueños. Apenas veo mis pies con las uñas despintadas. No distingo las piernas, orquídeas negras decadentes que me amordazan a la cama. La soledad como un latido desborda la habitación. Cajones vacíos y la mañana que no llega.
Sin piernas camino por la oscuridad. Me tropiezo con alas de insectos gigantes. La torpeza me saca del camino, del juego. Y la desazón se mastica el después. No tengo adentro a la niña plantando luciérnagas. Ni al niño jugando a ser malabarista. Soy un cielo con nubes que se desgranan en migajas. Mísero alimento para la calandria que siempre me encuentra despierta. Envuelta en un raro candor me reprocha con mis palabras. Que no es el tiempo ni la hora, que el pasado que la lucha, que hay tantos que no quieren y tantos que no ven y tantos que no sueñan. Que la guerra y el hambre. Que esto no es nada, que el dolor se pasa y todo vuelve a ser igual. Decires de calandria vuelan rápido por la ventana abierta de mi encierro.
Si se apagan las flores. ¿Por dónde se comienza, de dónde hay que partir nuevamente?
Ya no arranco aguijones de las vísceras, ni desato los látigos de fuego. No suelto las redes. Ni me acuna tu recuerdo trepado en la nuca. 
Ya soy mi propia amnesia. Es tarde. Será qué es hora de caer rendida.

15 de diciembre de 2012

Un buzón a la hora de la siesta

Inche poyekeyu. Así terminaba la carta. Te había costado mucho averiguar como se decía “te quiero” en mapuche. Y escribiendo brotaron las mejores palabras, las que no te animaste a decirle personalmente.
Desde muy chica jugabas al fútbol. Y lo hacías tan bien, que a los diez años te llamaron para formar parte del equipo del barrio. Un equipo casi de varones con sólo tres mujeres que apaciguaban las peleas y las malas palabras.
Cuando él llegó al pueblo y luego al equipo, vos no tenías una posición definida en la cancha. Apenas lo viste te llamaron la atención sus ojos grandes y negros. El pelo oscuro y el resto de las facciones, no dejaban dudas de su ascendencia indígena. No era más alto que los de su edad, pero creció cuando dijo que su nombre Mañke significaba cóndor y cuando mostró como jugaba. Hablaba poco y en tres palabras o en tres pases definía una situación. Te miraba y vos sentías un aleteo en la panza, el vacío del aire, alguaciles volando desde los poros. Y te perdías en sus ojos de asombro permanente. Mañke jugaba de diez, así que para estar cerca de él definiste tu posición de nueve.
La canchita cerca del arroyo los esperaba después de los partidos. Los ceibos coloreaban el agua de rojo. Mañke te agarraba de la mano para cruzar hacia la otra orilla, y te enseñaba los nombres en mapuche de los peces. A vos los pies se te ahogaban en escamas y un pez espada te llenaba de abrazos. Mañke se guardaba mariposas en las manos y las abría para que pudieran volar sobre tu pelo. Trepados a los árboles, el silbido del viento entre las ramas, te bañaba de aromas desconocidos y gratos.
En las siestas del pueblo de tu infancia, descubriste un mundo nuevo. Temblores apresurados en el pecho. Que el amor muere la paz del cuerpo. Y en tus sueños, te enroscabas en sus brazos para siempre.
Tus amigos se daban cuenta de las mejillas sonrojadas cuando lo mirabas, y entre risas te decían: dale un empujoncito, porque mucho “Cóndor” pero no se anima. A la salida de la escuela y antes del partido, entre todos te ayudaron a terminar la carta donde le decías cuanto lo querías. Te acompañaron y te obligaron a meterla en el buzón.
Ese día no almorzaron y fueron hacia la cancha con vos en andas. Después de todo eras la enamorada, la chica que se declaraba. Y todos sentían como propia esa experiencia, mezcla de juegos y de sensaciones nuevas.
Cuando llegaron, él ya estaba ahí. Charlaba con una chica que tenía su mismo color de ojos. Te sentiste dichosa de conocer a su hermana; te había hablado de ella y así la imaginabas. Con esa trenza renegrida que le llegaba a la cintura. Te acercaste feliz, con una brisa de soles en la sonrisa, y en el momento en que te ibas a dar a conocer, él la tomó de la mano y te dijo:
—Te presento a mi novia —y señalándote a vos y mirándola a ella agregó— mi amiga, el mejor goleador que he conocido.
No sólo ella era “la novia” sino que vos eras “el mejor”.
Apenas recordás cómo hiciste para retener el torrente de tus ojos. Te hundiste en el silencio. Una gota de aire frío resbaló por tu espalda. Y esa sensación. Igual a la del día de reyes cuando no te traían lo que habías pedido, y se lo dejaban a la nena de al lado.
Saliste corriendo y todos tus compañeros te siguieron, menos Mañke. Ahora sí tenías las mejillas mojadas y repetías: la carta, la carta.
Todos se encontraron rodeando al buzón. Había que sacar la carta. Una cosa era el amor y otra la humillación de que él te creyera una tonta. Todos intentaban ayudar. El sanguijuela Martínez espiaba por la ranura del buzón; metía una rama pero no lograba enganchar nada. A Matilde casi le queda la mano adentro. La sacó moviéndola como los gatos, cuando pasan por lugares más chicos que sus cuerpos.
Había que tirar abajo el buzón, romperlo, destruirlo. El gordo Serrano recordó que a esa hora se tomaba la leche en su casa y se fue corriendo. Los demás se pusieron del mismo lado y empezaron a empujar. Vos gritabas: —¡A la cuenta de tres! —y los hombros se dislocaban contra la mole roja. A esta altura creo recordar las risas. Todos se habían olvidado de tu dolor. Y vos también reías. Dijiste que ibas a buscar una soga y el caballo de tu papá, para arrastrar el buzón hasta el arroyo y acabar de una vez por todas con el monstruo rojo, devorador de secretos amorosos.

En medio de las risas se escuchó un grito: —¿Qué están haciendo? —el cartero llegaba para retirar las cartas.
Por suerte el buzón no se había movido ni un milímetro del lugar. Hubo que disimular y ponerse serios. Vos con tu cara de nena enamorada y con tu primer desencanto a cuestas, le suplicaste por la carta. Para que te la diera tuviste que contarle todo, mientras algunos te hacían un coro de lamentos. Y las lágrimas resbalaban por las mejillas salpicadas de tierra y de vergüenza.

Todavía guardo la carta. Y recuerdo las caras de mis amigos de la infancia y los ojos negros de Mañke. A pesar de las mareas del tiempo, una parte de él se quedó para siempre.


Tercer premio Concurso Escenas de la infancia, organizado por la REIA (Reunión de escritores independientes de Avellaneda) 10-2012