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| Instante decisivo - Felipe Noe |
21 de febrero de 2011
Espera
12 de febrero de 2011
A veces soy vos
El brujo y su ayahuasca se perdieron en la selva. Los seguiste. No te diste vuelta ni una sola vez. Poco te importaba lo que dejabas atrás. Si es que dejabas algo. No había tiempo para perder el tiempo, me habías dicho unos días antes. Necesitabas ver más allá, para poder estar acá. Y te fuiste. Con obsidianas en la piel e interrogantes en la mirada. De búsqueda en búsqueda. Desgarrado. Incierto. Seguro. Para limpiar sobre lo limpio. Para volverte a ensuciar.
Tan distintos nuestros caminos. Mi razón no deja lugar a creencias. Ya había encontrado lo que buscaba. O me habían encontrado. En este mundo de coincidencias. O de nombres. De nombres y apellidos. De odios y de amores. De luchas y de fracasos. Mi hermano se llamaba como mi padre y como mi bisabuela y como el amor de mi vida y como el apellido de mi mejor amigo. Y como este hombre que se iba detrás del brujo. Hacia otra luna, hacia otro tiempo. Trepando a una liana que lo llevará al cielo. O al infierno. En un viaje donde la posibilidad de extraviarse, no es un peligro.
Todo está en su lugar. El infierno en la tierra. Y el cielo también. Hay que mover las piezas. O reemplazarlas. O tirarlas. No quiero reconciliarme con nadie que no quiero. No creo, pienso. Estoy conforme con los dolores que me persiguieron. Soy feliz con los amores que me tocaron. Ya navegué otros mares. Ya fui otros cuerpos, otras sangres. No subiré a la liana. Tengo el tiempo fuera de lugar. Y mucho para cambiar. Aquí, en la tierra. Quiero ver más. Igualdad. Diversidad.
Sin embargo, a veces soy vos. Esperaré tu mano llena de magia milenaria. El sabor de tu Natema, Caapi, Yajé me traerá las raíces de nuestra tierra, la sabiduría de nuestros hermanos, la historia. Y cuando vos amigo, vuelvas de la madre tierra roja, haré un ramo con flores silvestres y volaré con los pájaros encantados. Me hamacaré entre las ramas de los árboles y brindaré con chicha de yuca.
Por vos, por mí, por los distintos.
29 de enero de 2011
Chica de pelo rojo
de la chica del pelo rojo
espera un colectivo que no viene
y se cubre la cabeza con las manos
como una espantavidas en medio de la calle
el agua se le escurre por los dedos
el agua se le escurre por los dedos
un torrente le desborda las órbitas de los ojos
la lluvia le lava la piel desde adentro
un hilo rojo de tintura le cae desde el pelo
le mancha el cuello
y un hilo rojo de dolor
le perfora el corazón
le perfora el corazón
12 de diciembre de 2010
Hacia la libertad
Pintura: Maternidad de Oswaldo Guayasamin
Saltó el muro. Sus manos se apoyaron apenas en el borde de la pared y esperaron a las piernas, para seguir su camino hacia el otro lado. Ni siquiera tenía presente en que momento la policía comenzó a perseguirlo. Tampoco cuando escuchó el tiro y corrió hacia el paredón. Sintió un ardor muy fuerte en la espalda y la respiración jadeante por el cansancio. Los pies ya acariciaban la libertad.
Saltó el muro. Sus manos se apoyaron apenas en el borde de la pared y esperaron a las piernas, para seguir su camino hacia el otro lado. Ni siquiera tenía presente en que momento la policía comenzó a perseguirlo. Tampoco cuando escuchó el tiro y corrió hacia el paredón. Sintió un ardor muy fuerte en la espalda y la respiración jadeante por el cansancio. Los pies ya acariciaban la libertad.
Se sintió lejos del suelo y voló. Voló como los pájaros que mataba para comer o por diversión. Voló, la brisa le descolocó el flequillo. Su madre se lo acomodó y le acarició la cara con las dos manos. Su brazo derecho se estiró en el aire para agarrarse de ella, pero el empujón la hizo caer al vacío. La boca se le llenó de sangre y un hilo de odio bajó por la comisura de su labio inferior.
La primera cachetada de su padre, fue por castigo, las siguientes por borracha violencia, cuando todavía soñaba con remontar barriletes. La sangre le salpicó la cara y le tiñó los ojos. Por las heridas abiertas salían las viejas, una tras otra. Cuando las palizas se hicieron hábito, se escaparon, pero su madre no sobrevivió. Sólo, abrigado en su pena, lo adoptó la calle.
La cola del barrilete le rozó la cara y le desdibujó el dolor. Los pájaros que anidaban en el ceibo del otro lado del muro, empezaron a llegar. Siguió volando. Su cuerpo deshecho se rearmó. Quiso gritar el nombre de su madre y no pudo.
Cayó del otro lado, boca abajo en la tierra. La mancha roja ocupaba toda la espalda. Llegó a darse vuelta. Estiró los brazos de nuevo para alcanzar el barrilete. El último suspiro cerró sus ojos y abrió el camino a la libertad.
En la tarde herida, el sol dudó si se quedaba o se iba.
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